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HOMILIAS
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Publicado
el 17 Octubre de 2002 a las 18:16:51
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Mons. Echevarría: “La etapa de la conversión personal”
Homilía del prelado del Opus Dei en la última misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. La ceremonia tuvo lugar en la basílica romana de san Eugenio la tarde del 10 de octubre.
10 de octubre de 2002
Mons. Echevarría durante la homilía.
Basílica de san Eugenio, Roma, 10-X-2002
Están a punto de concluir las inolvidables jornadas de la canonización de san Josemaría Escrivá. Dentro de unos momentos, sus venerados restos mortales serán trasladados de nuevo a la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, después de que han sido expuestos a la veneración de los fieles durante ocho días en esta basílica de San Eugenio. Enseguida comenzará la diáspora —ya dio inicio, para muchos, inmediatamente después de la canonización—, y todos volveremos a nuestros quehaceres habituales: a la vida ordinaria, que es la palestra de nuestra lucha por alcanzar la santidad.
Preguntémonos: ¿qué propósito podemos sacar de estos días transcurridos en Roma, en los que hemos experimentado la maravilla de la universalidad de la Iglesia, y de esta partecica de la Iglesia que es el Opus Dei? ¿Cómo ha de discurrir mi vida, de ahora en adelante? ¿Qué puedo decir de parte de san Josemaría a los que no han podido asistir a la canonización, aunque han estado bien presentes espiritualmente durante estos días?
Si fuera yo quien les hablara, les recordaría aquella consideración que nos ofreció el queridísimo don Álvaro hace diez años, en una de las últimas misas de acción de gracias por la beatificación de nuestro Padre. Comentaba entonces, y yo hago mías sus palabras, que comenzaba «una nueva etapa en la vida del Opus Dei (...), en la vida de cada uno de sus miembros. Una etapa de un amor más profundo a Dios, de un empeño apostólico más constante, de un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad. Una etapa, en definitiva, de fidelidad más plena al espíritu de santificación en medio del mundo que nuestro Fundador nos ha dejado en herencia» (Homilía en la Misa de acción de gracias por la beatificación de Josemaría Escrivá, 21-V-1992). En otras palabras: buscar a diario la conversión personal.
Querría glosar brevemente estos tres puntos. Pido al Señor que los grabe hondamente en nuestros corazones y nos ayude a ponerlos en práctica.
Amor más profundo a Dios. Durante varios meses, como preparación para este acontecimiento, nos hemos esforzado por convertirnos cada jornada. ¡Cuántas veces habremos suplicado esta gracia por intercesión de san Josemaría Escrivá! Somos conscientes de que el camino de la santidad se encuentra constelado de sucesivas mudanzas. La conversión, en efecto, no consiste sólo en abrazar la verdadera fe, ni en rechazar el pecado para dar cabida a la gracia. Ciertamente, moverse habitualmente en la amistad de Dios es requisito indispensable para acceder a su intimidad. Pero eso sólo no basta: se requiere crecer —como hizo nuestro Padre— en esa intimidad, identificándose progresivamente con Cristo, hasta que llegue el momento en que cada uno de nosotros pueda exclamar con san Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20), no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, porque trato de seguir con fidelidad, en todo momento, las huellas que el Señor ha dejado a su paso por la tierra. «No te contentes nunca con lo que eres —te recuerdo con palabras de san Agustín—, si quieres llegar a lo que todavía no eres. Porque allí donde te consideraste satisfecho, allí te paraste. Si dijeres: "¡Ya basta!", pereciste. Crece siempre, progresa siempre, avanza siempre» (Sermón 169, 1 .
En la peregrinación hacia el Cielo, resulta imprescindible ese esfuerzo por adelantar cada día, colaborando con el Espíritu Santo en la tarea de la santificación. Y esto se logra a base de una conversión, y de otra, y de otra, en puntos quizá pequeños, pero concretos y constantes, que son como pasos del alma en su constante acercamiento a Dios.
Resulta por eso conveniente que, como fruto de estos días, renovemos a fondo el afán de poner en práctica las enseñanzas de quien el Señor constituyó —al hacerle ver el Opus Dei— en heraldo y maestro de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Pidamos a Dios Padre, por la intercesión de este santo sacerdote, como la Iglesia nos invita a hacer en la colecta de la Misa, para que, realizando fielmente el trabajo cotidiano según el Espíritu de Cristo, seamos configurados a tu Hijo (Misa de san Josemaría, Colecta). Te rogamos, Señor, que todos los cristianos ahondemos en el sentido de la filiación divina, con el ímpetu y la eficacia con que lo intentó San Josemaría, en fiel respuesta a los impulsos del Paráclito.
Aunque cada uno de nosotros es muy poquita cosa, nuestra esperanza aparece segura: Dios Padre está empeñado en llevarnos a la perfección de la caridad, en Cristo, por el Espíritu Santo. En efecto, “los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!». Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con Él también glorificados” (Rm 8, 14-17).
El propósito de amar más a Dios, de identificaros plenamente con Jesucristo, de corresponder a la acción del Espíritu Santo, se ha de traducir en un empeño apostólico más constante, como nos sugiere la liturgia al invitarnos a pedir que, en unión con la Santísima Virgen María, sirvamos con ardiente amor a la obra de la Redención (Misa de san Josemaría Escrivá, Colecta).
Estáis a punto de emprender el regreso a vuestros países, a vuestros hogares, a vuestros trabajos. Hacedlo decididos a ser los instrumentos que el Señor desea utilizar para extender su palabra y su gracia sobre la tierra. Echad una ojeada a vuestro alrededor, al círculo profesional, social o familiar en el que os movéis, y descubriréis a tantas personas, ¡hijas e hijos de Dios!, que no valoran suficientemente la excelsa dignidad a que las elevó el Bautismo, ni la grandiosa vocación con la que el Señor las llama a participar de su misma Vida. Quizá nadie les ha hablado de Dios, o no les ha comunicado de modo convincente la noticia de que están destinadas a la Felicidad con mayúscula, a esa felicidad eterna a la que aspiran todas las criaturas humanas, y que las cosas de aquí abajo no pueden dar.
Hemos de despertarles de su sopor, abrirles los ojos con la elocuencia de nuestra vida y el entusiasmo de nuestras palabras, y así conducirles hacia Jesús. Contamos con la ayuda poderosa de la Virgen y de san José, de los Ángeles Custodios, de san Josemaría y de todos los santos y santas de Dios. No somos mejores que ellos, pero el Señor, en su Amor infinito, nos ha buscado y nos invita a recorrer todos los caminos y las encrucijadas del mundo al encuentro de nuestros hermanos, los hombres y mujeres que nos rodean.
Se repetirá una vez más el milagro que nos relata la página del Evangelio de hoy, cuando los apóstoles, fieles al mandato de Cristo, recogieron gran cantidad de peces: tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 6). Con palabras del Fundador del Opus Dei, también nosotros, «recordando la miseria de que estamos hechos, teniendo en cuenta tantos fracasos por nuestra soberbia; ante la majestad de ese Dios, de Cristo pescador, hemos de confesar lo mismo que san Pedro: Señor, yo soy un pobre pecador (cfr. Lc 5, . Y entonces, ahora a ti y a mí, como antes a Simón Pedro, Jesucristo nos repetirá lo que nos sugirió hace tanto tiempo: desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5, 10), por mandato divino, con misión divina, con eficacia divina» (Apuntes tomados en una meditación, 3-XI-1955).
Nuestro empeño por ser santos y hacer apostolado tiene una sola finalidad: la gloria de Dios, la salvación de las almas: un servicio más generoso a la Iglesia y a toda la humanidad, como se expresaba don Álvaro hace diez años. Pero no olvidemos que no sabremos servir a quienes nos esperan, si cotidianamente no ponemos este afán de atender a los que con nosotros conviven. Durante su existencia terrena, san Josemaría Escrivá no tuvo otra mira que servir a Dios, a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Seguía el ejemplo del Maestro, que no ha venido a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 2 . Quiso este santo sacerdote a las almas, porque se ejercitó en una caridad fina con quienes estaban a su alrededor.
Siendo servidor de todos, nuestro Padre se gozaba especialmente en el servicio filial a la Iglesia y al Papa. «Pensad siempre —escribió— que después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Papa. Por eso, mucha veces digo: gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Carta 9-I-1932, n. 20).
Procuremos imitar este amor y esta veneración al Papa. Su dignidad de Vicario de Cristo, de dolce Cristo in terra, constituye título más que suficiente para que nos sintamos unidos al Romano Pontífice de todo corazón, como consecuencia de un verdadero y propio deber filial. Pero, además, resulta lógico que deseemos manifestar nuestra gratitud a Juan Pablo II, por haber sido el instrumento de Dios para la canonización de nuestro Fundador, y que ofrezcamos por su Persona y sus intenciones una oración intensa, una mortificación generosa, una tarea profesional realizada con perfección sobrenatural y humana.
Tened presente al Papa —os digo con nuestro Padre— sobre todo «cuando la dureza del trabajo os haga recordar quizá que estáis sirviendo, porque servir por Amor es una cosa deliciosa, que llena de paz el alma, aunque no falten sinsabores» (Carta 31-V-1943, n. 11). Si seguimos estas recomendaciones, recorreremos con seguridad y con alegría el camino de nuestra vocación (Misa de san Josemaría, Oración después de la Comunión).
Confiemos estos propósitos a la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia. Ella, con la colaboración de su Esposo san José, a quien tanto veneramos, de los santos Ángeles Custodios, de todos los santos y, de modo especial, de san Josemaría Escrivá, presentará esos deseos ante la Trinidad Beatísima, que los acogerá benignamente, los confirmará y nos concederá la gracia de cumplirlos fielmente. Así sea.
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Publicado
el 17 Octubre de 2002 a las 18:19:43
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www.opusdei.orgArtículo impreso de: http://www.opusdei.org/art.php?w=16&p=4764
Un desafío para el siglo XXI Homilía de mons. Javier Echevarría en la misa de acción de gracias por la canonización de Josemaría Escrivá. “Si el siglo XX —dijo— ha sido testigo del redescubrimiento de la llamada universal a la santidad, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza”.07 de octubre de 2002
Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002 Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II. Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María. Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado —con su ejemplo y con sus enseñanzas— un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística. No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31). Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar —también personalmente— en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del "redescubrimiento" de esa llamada universal —que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida—, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator su (Lc 5, , decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2). En todo instante —como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30— hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis —os repito con sus palabras— que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (...). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300). A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (...), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7). Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional —realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio— y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120). La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto —como escribió mons. Álvaro del Portillo— que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (...) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20). Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.). Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria —las situaciones más comunes— en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado. A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo —con nuestro trabajo, sea el que sea— en la cumbre de todas las actividades humanas. Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.
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| Marc |
1 temas iniciados 77 mensajes publicados veterano |
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Publicado
el 17 Octubre de 2002 a las 18:34:56 
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| las Homilias son muy buenas se las recomiendo leer a todos los de este foro, sean ex o no del Opus Dei |
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| Ulises |
4 temas iniciados 106 mensajes publicados veterano |
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Publicado
el 18 Octubre de 2002 a las 10:15:24 
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| Me llama la atención la cantidad de cosas que se contradicen entre la propaganda oficial del Opus y muchos de los testimonios de los que han salido de esa organización e intentan rehacer su vida sin ningún tipo de vinculación con ella. |
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